¿Todo puede ser meditación?

Mar 10, 2026 | Artículos

La banalización contemporánea del término «meditación»


Si hay algo que pueda reconocerse como verdaderamente humano, debe de ser la banalización, ya que los seres humanos somos unos genios a la hora de banalizarlo todo.

En esta línea, toda acción que el ser humano realice —siempre que se haga «conscientemente»— puede ser y será considerada como «meditación». Así, nos encontramos con personas que afirman que una actividad física es meditación; por ejemplo, hay quien dice que el surf lo es. Independientemente de las razones que se utilicen para argumentarlo, el hecho es que no pueden sostenerse rigurosamente porque se empieza con mal pie: banalizando el término «meditación».

En primer lugar, ¿qué es la meditación? Karfried Graf Dürckheim escribió —acertadamente— que con la etiqueta de «meditación»

«se pueden comprender y practicar varias cosas: ejercicios de silencio y de calma, o meditación como ejercicio de recogimiento y de interiorización destinado a penetrar en el contenido profundo de un texto o de una imagen sagrados. Se puede meditar para reavivar y regenerar la fe tradicional. […] Pero la meditación puede y debe ser otra cosa muy distinta: el instrumento de apertura al Ser esencial. »[1]

Es decir, «meditación» hace referencia a determinadas prácticas de interiorización que implican la retirada parcial del mundo ordinario, la concentración sostenida o el silencio mental, y que culminan en una transformación interior. Estas prácticas no siempre se han denominado «meditación», ya que cada tradición las ha nombrado según su propio lenguaje: contemplación, oración, ejercicios espirituales, recogimiento interior, entre otros.

En segundo lugar, todas las prácticas meditativas nacen de contextos muy concretos de carácter religioso o espiritual. Es decir, no nacen de ámbitos puramente seculares o científicos, pues el objetivo de la meditación, tal como ha sido entendida en las tradiciones que la han desarrollado, es inherentemente espiritual o religioso.

En tercer lugar, hay un aspecto que, lógicamente, se ha olvidado: la meditación también es una práctica iniciática. Las prácticas meditativas no son técnicas o prácticas «neutrales», ni tampoco herramientas higiénicas y/o de bienestar, ni herramientas de rendimiento y, aún menos, ningún producto de consumo. La meditación, en realidad, es algo superior, existencialmente transformador.

Debido a su origen, finalidad y potencial, la meditación ha permanecido siempre protegida y restringida a contextos iniciáticos, y ha ido acompañada de una preparación previa, transmisión, marco simbólico, acompañamiento y cosmologías específicas. Por ello, lógicamente, nunca ha sido un ejercicio abierto ni democrático en el sentido actual del término, es decir, una práctica de acceso indiscriminado.

En definitiva, la atención consciente —o, más precisamente, cualquier práctica que busque una atención consciente o plena— no es suficiente para hablar de meditación. Del mismo modo, en el caso del ejemplo mencionado anteriormente, el surf —o cualquier otra actividad física o deportiva— no puede ser meditación, ya que no forma parte de ningún sistema espiritual iniciático, ni meditativo ni no meditativo; tampoco comparte la misma finalidad que la meditación; y no tiene una naturaleza espiritual o religiosa.

Así pues, no todo es meditación.





[1] Dürckheim, Karlfried Graf. Hacia la vida iniciática. Meditar. ¿Por qué y cómo? . Ediciones Mensajero, 1982, pp. 12–13.